La sentencia, por unanimidad, del alto tribunal contra
Baltasar Garzón no
deja de causar sorpresa ni de ser polémica.
Otros jueces acordaron la
medida de vigilar, cierto que en casos extremos, las comunicaciones entre el
preso y su abogado y nunca paso nada. Pero a Garzón le tenían muchas ganas
algunos de sus propios compañeros. Es cierto que instruía mal, que se
extralimitó en sus investigaciones, que maltrató a más de un procesado. Pero una
sanción del Consejo General del Poder Judicial a tiempo hubiese sido mucho más
eficaz que un juicio que, cuando menos, hace enarcar las cejas como aspecto de
lo expeditivo de la Justicia, en según qué casos.
Claro que el Consejo
siempre ha funcionado mal y tarde, y que no falta, en nuestra Justicia, quien
esté dispuesto a judicializarlo todo, perdón por la inevitable redundancia.
Garzón se defendió a sí mismo bien, pero su arrogancia le ha perdido.
¿Es la arrogancia, la soberbia, es el ego, penalmente punible? A algo como eso
deberían contestar sus señorías, los que se retiraban de los casos más polémicos
para evitarse líos, los que envidiaron secretamente el protagonismo mediático de
Baltasar Garzón, un mal juez, sin duda, pero acaso no un prevaricador, como
tantos, parece, le han querido.
Ojalá no tengamos que echarle de menos.
Ojalá que esta sentencia no sirva para desacreditar a ilustres magistrados con
una trayectoria digna, pero de la que en este caso discrepamos, con
perdón.
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Garzón, inhabilitado 11 años por la escuchas del 'Gürtel'-
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