Mientras en la calle cientos de trabajadores de Astilleros de Sevilla se manifestaban exigiendo que no se cierre la factoría, a poco metros de ellos, en el último Pleno de la actual Legislatura, los diputados debatían sobre el sexo de los ángeles. El presidente de la Junta, José Antonio Griñán, pintaba una Andalucía idílica hablando de I+D, de economía sostenible, de inversiones por el desarrollo, de la bondad de la Educación y de la Sanidad y de lo contento que estaba de conocerse. Por su parte, el líder de la oposición, Javier Arenas, sacaba de nuevo a relucir los EREs fraudulentos y las facturas impagadas y ponía en duda la deuda que Griñán puede dejarle en herencia. Es lo que la sociedad andaluza ha denunciado siempre, la falta de sensibilidad de los políticos para con los ciudadanos a los que representan. El Parlamento andaluz vive encerrado entre los gruesos muros del antiguo Hospital de las Cinco Llagas y hasta su salón de Plenos no llegan las voces de la calle por más alto que griten. Va siendo hora de que los político, todos los políticos, pisen más la calle y estén más cerca de los problemas que sufren los ciudadanos, sobre todo ese millón que no encuentra trabajo. La pregunta que todos nos hacemos es ¿en qué mundo viven?